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Sobre los derechos de los animales

 

Defender los derechos de los animales es una de las muchas causas que se apoyan en la disposición de las personas a asumir un compromiso ético. Y, aunque los compromisos éticos, por ejemplares que sean, no siempre salen recompensados, hay algo noble en ellos compartamos o no sus objetivos.

 

Es cierto que, a veces, bajo la superficie de los actos éticos subyacen intereses económicos -de hecho, algunas empresas hacen publicidad satisfaciendo pautas éticas- pero no siempre es así. Muchas personas manifiestan una preocupación sincera, desinteresada y cabal.

 

Por otro lado, buena parte de la conducta ética es compatible con el cuidado de los propios intereses: al preocuparnos por todos los animales, al velar por su bienestar, por su vida, por su habitat, y al reducir su sufrimiento, nos  preocupamos por  todos nosotros.

 

Sin duda, esto ocasiona unos costes y unas renuncias; pero, hasta ahora, la manera que tenemos los seres humanos de producir, consumir y ocupar el territorio, deja claro quienes son los señores y quienes son los siervos. Los señores somos quienes estamos causando un daño irreversible al planeta; si seguimos destruyendo la biodiversidad, disminuirá  la calidad de la biosfera y con ella su  capacidad para proporcionar un clima propicio, limpiar el aire y el agua, controlar plagas, . . . y todos los demás servicios gratuitos que recibimos de ella pueden desaparecer.

 

Ante esta situación, considerar sólo nuestras necesidades y caprichos como única base para tomar decisiones, no parece razonable.

 

Es necesaria una forma diferente de habitar el planeta, que nos permita a todos los seres vivos compartir los recursos. Si las otras especies perecen, no habrá balsa salvavidas para unos pocos.

 

Entre todos los seres vivos formamos una gran familia interdependiente. Pero  estamos más emparentados con los animales que con las plantas. Los animales actuamos y tomamos decisiones y esto nos permite experimentar deseos, frustraciones, miedos, esperanzas y dolor.  Degradar a los animales con el pretexto de que no pertenecen a la especie humana es tan arbitrario como ha sido -y es- la exclusión racista o sexista.

 

Aunque carezcan de algunas de las capacidades y habilidades propias de los seres humanos, no hay motivo para su marginación: no todos los seres humanos las poseemos  y no por ello merecemos un trato inferior.

 

Con los animales compartimos naturaleza y cultura; no sólo es genética lo que nos asemeja. Por esto, si realmente nos preocupa nuestro bienestar y nos compadecemos de ellos, si nos entristecen los perros abandonados o ahorcados, los chimpancés enjaulados o sujetos a experimentos atroces,… si todo esto nos conmueve, lo más coherente es que les incluyamos en cualquier reflexión moral sobre el dolor o la supervivencia.

 

En los últimos años, la organización internacional Proyecto  Gran Simio intenta conseguir una Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Grandes Simios Antropoides.   En ella se recogerían algunos de los derechos básicos que compartimos los humanos, tales como el derecho a la vida, a la libertad y a no ser maltratados ni física ni psicológicamente. Si quieres más información sobre esta organización, pincha en  www.proyectogransimio.org.

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